De cañas con caníbales

Reflexionando sobre la diversidad de las costumbres, en las primeras décadas de la exploración y colonización del mundo por los europeos, el ensayista Michel de Montaigne escribía:

“Allí viven de carne humana; allí es muestra de piedad matar a su padre a partir de una cierta edad; en otros lugares, los padres designan a los hijos aún en el vientre, separando a los que alimentarán y guardarán de los que abandonarán y matarán; en otros sitios los maridos ancianos prestan a sus esposas a la juventud para que se sirvan de ellas; e incluso allende las mujeres llevan como símbolo de honor tantos flecos bordados en sus faldas como varones han conocido” (1580)

En otro famoso ensayo titulado “Sobre los caníbales” el propio Montaigne adoptaba ya sin embargo una posición decididamente moderna de lo que hoy llamaríamos un relativismo cultural, es decir, la idea de que lo apropiado o no de ciertas conductas es relativo, en este caso, a un ámbito cultural, histórico o geográfico.
Aunque Montaigne se refería por la mayor parte a las prácticas de grupos humanos que eran contemporáneos en el tiempo e incluso en el espacio con los exploradores y colonos europeos (de ahí lo sorprendente de su actitud para la época), hoy muchas personas son sensibles a estos argumentos relativistas respecto a ciertas prácticas cuando se trata de actos cometidos por grupos humanos de otros tiempos históricos o áreas geográficas y culturales remotas.
Esto es en parte lo que pone de manifiesto una serie de tests respecto a las intuiciones de los individuos (nortemericanos, clase media, con acceso a internet) llevados a cabo por Kelly, Stich, Haley, Eng & Fessler.

En particular, sometieron a los participantes de estos tests a cuestionarios en los que solicitaban un juicio moral sobre parejas de escenarios como la siguiente:
Escenario 1:
“Una serie de culturas en varias partes del mundo realizaron tradicionalmente la práctica de alimentarse con partes de sus parientes fallecidos en el marco de complejos rituales funerarios…”
Escenario 2:
“Supon ahora que existe un pequeño grupo de americanos que viven en el norte de California que realizan esta práctica ritual…”

La mayoría de los participantes reaccionaron de forma más estricta  y moralista de cara al escenario 2 que de cara al escenario 1. Lo que sugiere que algo así como la posición del relativismo de la distancia teorizada por el filósofo moral Bernard Williams puede ser la posición intuitiva por defecto al menos en la categoría socioeconómica de participantes aquí estudiada. Según esta actitud, el verdadero desacuerdo moral se da cuando se comparten unas condiciones mínimas para que la acción a juzgar en cuestión sea una opción real en el ambiente del que emite el juicio. Cuando las situaciones sobre la acción a enjuiciar cambian considerablemente por distancia geográfica, histórica, económica o cultural, se desvanecen entonces las motivaciones genuinas para condenar o ensalzar una práctica que no es una opción real.

La paradoja de la tolerancia.
Otro estudio de Hagop Sarkissian, John Park, David Tien, Jennifer Wright & Joshua Knobe (2011). Folk Moral Relativism. apoyaría esta idea al mostrar  cómo los individuos pueden ser objetivistas morales cuando se los confronta con desacuerdos morales en el seno de su grupo pero están más dispuestos a dar cabida al relativismo cuando el desacuerdo moral se produce entre grupos muy separados por sus condiciones históricas, económicas o culturales. El protocolo experimental de este estudio mide este aspecto manipulando la condición del “agente externo” que emite un juicio en desacuerdo con el juicio de un agente del propio grupo al que pertenece el participante. En los distintos escenarios, presentan a individuos de culturas muy diferentes o incluso a extraterrestres, en desacuerdo moral. Conforme aumenta la “distancia” entre estos agentes, más crédito conceden los participantes a la posibilidad de un genuino relativismo moral en el que ambas partes pueden estar en desacuerdo sin que que ninguna esté equivocada.

En otras palabras, estos estudios parecen apoyar la idea de que cuando los individuos pertenecen a un mismo grupo o a grupos entre los que puede darse un conflicto potencial, la evaluación de sus acciones tenderá a moralizarse más. Por el contrario, si los individuos cuyas acciones se juzgan pertenecen a grupos lo suficientemente alejados para que no se dé un conflicto -ni sus acciones sean el símbolo de una opción de ciertos individuos cercanos hoy- tenderemos a juzgar estas acciones menos bajo el modo moralista.

Tal vez por eso, la repentina irrupción de un acto de canibalismo en la actualidad nos parece tan enorme monstruosidad, al aparecer aun bajo las acciones de un psicótico, como una opción súbitamente real y contemporánea (Aquí abajo, la foto del despedazador caníbal de Montreal, “suceso” a cuyo tratamiento periodístico me remito) De ahí que las no solicitadas muestras de comprensión, e incluso compasión hacia el caníbal -un presentador de la televisión francesa hace poco reconoció que le gustaría invitar al caníbal a sentarse y tomar una copa- aun en algunos casos bien intencionadas y legítimas, escandalizan naturalmente a tantos.

Caníbal contemporáneo

Surge en particular muy pronto la relevancia de la llamada “paradoja de la tolerancia” por la que supuestamente (se trata en realidad de una cuestión empírica el determinar cuánto es así), una actitud de comprensión o relativización de determinadas acciones que condenamos conduce precisamente a minar la fuerza necesaria para interferir y evitar dichas acciones.
Tal vez la paradoja de la tolerancia no sea tan grave como algunos la quieren hacer ver. Recuerda en todo caso un poco a esa boutade de Jorge Semprún de que un estalinista es un verdugo con el que es posible tener una cena agradable (en clara condena moral, al mismo tiempo que subrayando lo paradójico de la actitud del encuentro). Una serie de estudios comportamentales muestran de hecho que los individuos tienden a asociarse menos con, u ofrecer menos ayuda a, aquellos individuos que ceteris paribus poseen creencias morales diferentes a las suyas. Otro hecho subrayado en estas investigaciones empíricas acerca del relativismo es que los individuos suelen ser más receptivos y juzgar menos severamente las acciones de personas de otro grupo cultural cuando este grupo posee presupuestos distintos respecto a la eficacia de la acción en cuestión, pero no cuando el grupo en cuestión posee presupuestos morales distintos. Parecería, en tales casos, que la enunciación del desacuerdo en términos morales (por oposición a términos informativos o de eficacia) contribuye a acortar la distancia o a subrayar el conflicto.

Dada la enorme importancia práctica de este tema, es llamativo que una ética naturalista no se haya ocupado más de este campo ¿conoces más investigación particularmente relevante para la comprensión del relativismo intuitivo y sus consecuencias conductuales empíricas?

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Un comentario

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