También celebramos el año Turing: la falsificación de preferencias

Este verano se han programado una serie de eventos para conmemorar el centenario del nacimiento de Alan Turing (1912-1954), importante lógico matemático y padre fundador de la informática teórica. Para una introducción a algunos de los temas más apasionantes de su vida y trabajo puede escucharse esta entrevista con Jesús Mosterín. No sería exhagerado afirmar que, en cierto sentido, hoy vivimos en un mundo de Turing, en el que sistemas de computación -unidos a otros sistemas de telecomunicación- penetran los aspectos más diversos de la organización y vida cotidiana en las sociedades modernas.
Desde este blog tenemos poco más que aportar al recordatorio sobre las contribuciones teóricas de Turing. Sin embargo, sí puede ser la ocasión para tratar de algunos de los aspectos de la biografía personal de Alan Turing que, aunque sujetos a alguna que otra controversia sobre su exactitud, han sido causa de gran parte de la fascinación que rodeó la vida del científico británico.

By artist Bean Sing

By artist Bean-Sing


En 1952, Alan Turing denunció ante la policía un robo acaecido en su casa de Manchester. El suceso al parecer tuvo como origen la irrupción en su casa de un conocido del que era entonces su amante Arnold Murray. La policía pronto se interesó menos por la denuncia de Alan Turing y más por la naturaleza de la relación que mantenía Turing con Murray. En 1952 la homosexualidad masculina era aún un delito penado con prisión en el Reino Unido. Turing, el héroe de guerra que debía guardar en secreto sus éxitos decriptando el código alemán, no quiso ocultar también sus inclinaciones personales y tuvo que pasar por prisión por ello, al final aceptando la castración química que se le proponía como requisito para su libertad condicional.
Según biografías como la de Andrew Hodgson, Alan Turing nunca se empeñó en ocultar su homosexualidad. De hecho, habló abiertamente a la policía de su condición sexual cuando se le preguntó por ello y desoyó las recomendaciones de algunos amigos que le aconsejaban retractarse. En vez de negar su homosexualidad, Turing se esforzó en explicar a conocidos y policía que no había nada de malo en ello. Estrictamente, se trataba de un “crimen sin víctima”.
Es interesante considerar las ramificaciones de la actitud pública adoptada por Turing a la luz de la teoría sociológica de la falsificación de preferencias.

La falsificación de preferencias se da cuando las convicciones íntimas no son mantenidas en público a raíz de presiones externas. Aunque en algunos aspectos coincide con la hipocresía moral, no se trata exactamente del mismo fenómeno. En la falsificación de preferencias, los individuos mantienen actitudes públicas distintas a sus creencias o convicciones. Uno de los primeros teóricos de las implicaciones de este fenómeno en el terreno social y político fue Alexis de Toqueville (1805-1859) en sus escritos sobre el Antiguo Régimen. Allí reflexionaba sobre la suerte de los católicos bajo los primeros gobiernos revolucionarios, situación que hizo pensar a muchos católicos que se encontraban en minoría ante una mayoría hostil, lo cual se tradujo en un cambio en las conductas:

“Aquellos que renegaban del cristianismo subían el tono de voz y como aquellos que aún mantenían la fe guardaban silencio, ocurrió lo que se ha visto tan a menudo desde entonces en nuestro país, no sólo en materia de religión, sino en muchos otros asuntos. Los hombres que conservaron la antigua fé, temían ser los únicos que se mantenían fieles, y, temiendo más el aislamiento que el error, se unieron a las masas sin pensar como ellas. Lo que no era sino el sentimiento de una parte de la nación se manifestó como si se tratase de la opinión de todos, y se presentó desde entonces de manera irresistible a los propios ojos de aquellos que le daban esta falsa apariencia.”

En el caso de las antiguas repúblicas comunistas del este de Europa, la falsificación generalizada de las preferencias individuales equivale a lo descrito por algunos intelectuales como el “vivir una gran mentira”, por la que la doctrina oficial ocupa un lugar en las expresiones públicas de apoyo, que no tiene realmente en el corazón de los individuos. Inversamente, en contextos más democráticos, cada vez que se realizan encuestas de intención de voto en países como Francia o Alemania, los partidos de extrema derecha suelen recibir un menor apoyo en las respuestas a las encuestas del que les corresponde más tarde en virtud del mecanismo de voto secreto.
Antes de su moderna expresión psicológica y sociológica, estas consideraciones sobre la duplicidad entre las actitudes públicas y las convicciones privadas habían surgido ya en diversas ocasiones históricas. Se dieron, en particular, en el devenir de una serie de controversias teológico-políticas. Como describe el politólogo Timor Kuran, cuando en la edad moderna una religión ha sido perseguida por practicarse, han solido surgir este tipo de discusiones teóricas en su seno.
Así, cuando la práctica pública del catolicismo fue prohibida en la Inglaterra del siglo XVI, la postura oficial de la iglesia católica de Roma, temerosa de perder fieles en aquel país, fue que “la palabra transforma el corazón” o que el renegar en público de viva voz del catolicismo -la falsificación de las inclinaciones íntimas- iba a medio plazo en detrimento de éstas, que acabarían transformándose. Por el contrario, los católicos que vivían en aquel país y tenían que cohabitar en el día a día con otros anglicanos, en su mayoría defendían la idea de que “la palabra deja el corazón intacto”. Es decir, que la expresión de falsas convicciones en público no transforma las convicciones íntimas.
Hasta el día de hoy, es una cuestión abierta especificar el alcance exacto de estos procesos en sus muchos ámbitos de interés público y político. Es por ejemplo, volviendo a Turing, el caso de la cuestión de qué actitudes públicas han de adoptar las personas con preferencias homosexuales. Las posturas son diversas e imposibles de resumir aquí en detalle. Muchas de estas se materializan en torno a las discusiones sobre qué comportamientos sancionar o alabar en torno a lo que hoy comunmente se llama “salir del armario”. Los modelos de la falsificación de preferencias son pese a ello muy claros al sugerir que, aunque a menudo costoso al nivel individual -por ejemplo, aquejado por las consecuencias de la condena judicial, Alan Turing fallecería meses más tarde como resultado de comer una manzana mojada en cianuro- el manifestar públicamente sus preferencias homosexuales beneficia, sin embargo, al colectivo que comparte dichas preferencias. Por el contrario, el permanecer activamente en el armario, pese a ser en determinadas circunstancias la actitud menos costosa en el nivel individual, inflinge, sin embargo, un coste sobre las demás personas homosexuales al disminuir artificialmente el apoyo social de éstas.
Aunque las consecuencias pueden ser diversas, el salir del armario -entendido ya ahora aquí de manera general, tanto en temas sexuales como morales, políticos o religiosos- aumenta el apoyo público que reciben aquellos que también profesan la opinión íntima del que así se expresa públicamente. Expresar este tipo de conviccciones personales en público, conjura el espectro de lo que se llama la ignorancia pluralista: es decir, la situación en la que una parte de la población piensa estar sóla y aislada en sus creencias o preferencias íntimas al no observar apenas éstas en público. En ese sentido, no es de extrañar que la celebración de Turing también sea la ocasión para conmemorar un acto particularmente costoso y -dada su relevancia pública- especialmente altruista en sus efectos para la comunidad homosexual.

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