Naturalizando una filosofía de la desigualdad económica

Este pasado verano, una de los artículos más discutidos de la sección de filosofía y debate del periódico estadounidense New York Times llevaba por título “El velo de opulencia”. La idea principal desarrollada en dicho artículo de opinión por el filósofo Benjamin Hale es una intuición recurrente entre los sectores progresistas de aquel país, por lo menos desde los tiempos de Arthur Miller y su “Muerte del viajante”.

Dustin Hoffman encarnando a Willy Loman en la versión de Volker Schloendorff de "Muerte de un viajante".

Dustin Hoffman encarnando a Willy Loman en la versión de Volker Schloendorff de “Muerte de un viajante”.

Aunque existen varias versiones de la idea, me atrevo a decir que su núcleo básico consiste en lo siguiente: un gran número de individuos (¿eventualmente la mayoría?) en dicho ambiente social e histórico tienden a anteponer una determinada probabilidad de crecimiento económico que pueda (aun de manera incierta) repercutir en su bienestar individual, frente a la factualidad o mayor probabilidad de otras privaciones o desigualdades sociales que les afecten. Una idea que a menudo suele ir pareja en tanto que corolario de la anterior es que dichos estados de privación indeseables pueden ser el producto de la propia competición por el estatus aceptada y promovida por los mismos individuos que razonan de tal modo. Otra formulación de todo esto, acaso más sencilla, es que muchos ciudadanos están dispuestos a apoyar medidas políticas que les perjudican en la práctica, si perciben una oportunidad, aun minúscula, de enriquecerse en un porvenir más o menos cercano.
Según una variante popular y extendida del sueño americano, exportada a otras latitudes, cada cual es capaz de prosperar o hacerse rico si sólo se esfuerza lo suficiente. De ahí que, inversamente, a menudo se perciba que el que es pobre o descastado lo es, en primer término, por su responsabilidad personal (en consonancia con la demonizada figura del “pobre ocioso”). Es el lado oscuro de la supuesta “meritocracia”, que influye no poco en la actual “anxiedad por el estatus”, una condición desequilibrante que, aunque congénita a la naturaleza humana, es exhacerbada en los tiempos modernos y la edad contemporánea, como se ha esforzado en demostrar ampliamente el filósofo suizo Alain de Botton.

Corroborando empíricamente una filosofía política
La idea del “velo de opulencia” constituye un guiño al famoso dispositivo imaginario del filósofo John Rawls en sus escritos sobre la teoría de la justicia en las sociedades democráticas: el “velo de ignorancia” como posición original desde la que concebir reglas de justicia. Contra la opacidad de este velo, los ciudadanos de una sociedad imaginaria, según Rawls, habrían de darse las reglas fundamentales que rigen las relaciones y los intercambios en dicha sociedad. Los efectos de dicho velo imaginario harían que no se pudiera saber (de ahí su nombre) si en dicha sociedad se ocuparía más tarde la posición de pobre o bien la posición de rico; de hombre o mujer, o joven o anciano, etc. En la concepción del filósofo de Harvard, los ciudadanos podrían hipotéticamente y bajo tal velo* adoptar una posición lo bastante imparcial como para no sesgar el proceso de toma de decisión colectiva a la hora de adoptar reglas generales de justicia, y no escogiendo así sólo aquellas normas que más les beneficiaran en tanto que hombres o mujeres, pobres o ricos, jóvenes o ancianos; asalariados, funcionarios o autónomos, etc.
La idea del “velo de opulencia” representa lo que podríamos llamar una “filosofía política intuitiva” o modelo mental de la toma de decisiones políticas presente en ciertos individuos en determinados contextos históricos. Esta filosofía política intuitiva consiste en que la perspectiva de un crecimiento económico personal puede sesgar el proceso de toma de decisión colectiva 1) hacia posiciones menos sensibles a la desigualdad y 2) posiciones que tendrían efectos indeseados sobre el bienestar colectivo (incluyendo con alta probabilidad el bienestar de muchos de aquellos mismos que favorecen las medidas tomadas bajo el velo de opulencia). En el lenguaje periodístico del articulo de Benjamin Hale:

Al insistir en contemplar las políticas públicas desde la perspectiva del más aventajado, el velo de opulencia oculta los caprichos de la suerte en su fuerza bruta.

La filosofía moral detrás de la denuncia de esta idea se apoya así sobre una serie de supuestos empíricos, tanto al nivel psicológico como al nivel social. Es el caso, por ejemplo, desde los mecanismos psicológicos que posibilitan el velo de opulencia hasta los efectos macroeconómicos y de bienestar social que pueden derivarse. Lo bueno de hacer filosofía moral en el siglo XXI es que, en muchas ocasiones, podemos aspirar a responder con no poco detalle cuestiones como las siguientes: ¿cómo se puede corroborar o refutar la hipótesis denunciada por la idea del velo de opulencia? ¿en qué grado, por los datos de los que disponemos hoy, se trata, en este caso, de un conjunto de ideas plausibles?

Efectos de la desigualdad económica en el bienestar
En países del primer mundo, el aumento de ciertos indicadores econométricos como el PIB no supone ya, por sí sólo, un aumento en el bienestar medio de los individuos. En otras palabras, mientras que en países pobres y en vías de desarrollo el aumento del PIB aún suele ir asociado con el aumento en indicadores de bienestar individual, esta asociación parece haberse roto en los países más desarrollados. Esta constatación merecería muy bien el nombre de “gran escándalo de la macroeconomía” y constituye el fondo argumental del interesante último libro del economista Robert Skidelsky y el filósofo Edward Skidelsky. ¿Si las variaciones en el PIB no son un indicador tan útil como solían serlo como termómetro del bienestar de una sociedad, qué otros indicadores pueden servirnos entonces? Hace tres años, el epidemiólogo Richard Wilkinson y la antropólogo Kate Pickett lanzaron una onda de choque en los debates académicos en ciencias sociales y filosofía política al mostrar, en base a una serie de estadísticas comparativas, la fuerte correlación existente en sociedades del primer mundo entre desigualdad económica (medida como desigualdad de ingresos) y un gran número de indicadores de salud pública, criminalidad y educación. Con ayuda de abundantes estudios abarcando distintos países o distintas regiones de un mismo país (como los diferentes estados de Estados Unidos de América), mostraron cómo, en países del primer mundo, a mayor desigualdad en los salarios, menor es la esperanza de vida media, menores son los niveles de movilidad social y confianza mutua; mayor es el porcentaje de personas que sufren enfermedad mental, mayores son los niveles de obesidad, enfermedad metabólica o embarazos no deseados; mayor es también la criminalidad, el consumo de drogas, el porcentaje de población carcelaria, la tasa de fracaso escolar, etc. Aunque estos estudios correlacionales no permiten por sí mismos discernir lo que ocurre al nivel de los individuos, una abundancia cada vez mayor de pruebas apuntan a ciertos factores y mecanismos como principales causantes de estos desequilibrios que afectan tanto a las capas altas como a las capas bajas de la sociedad pero de modo especial a la clase media.
En el plano microeconómico, reunidas ciertas condiciones, la competición por el estatus puede causar fenómenos sociales llamados de la “Reina Roja”, en referencia al personaje de Alicia en el País de las Maravillas que debía correr siempre, tan sólo para mantenerse en el mismo lugar (ya que el suelo se desplazaba como en una cinta corredera). De igual modo, se dan fenómenos colectivos en los que la carrera por alcanzar los llamados “bienes posicionales” – bienes en los que que lo que cuenta es la capacidad relativa de excluir a otros individuos de dichos bienes o el poseer más de dicho bien que otros individuos- crea un tipo de competición que tiende a producir ciertos comportamientos de consumo que pueden ser racionales al nivel individual al mismo tiempo que nefastos para el conjunto. El economista Robert Frank ha mostrado lo ineficiente de tales dinámicas sociales, al forzar a los individuos a competir cada vez más por un número de bienes limitados y relativos al estatus. Se trata de bienes que, por su propia naturaleza, no aumentan por mucho que invertamos más en ellos (por mucho que invertamos más tiempo, dinero y esfuerzo, es un hecho estadístico que todos no podemos estar “por encima de la media”). No aumenta por ello la disponibilidad del estatus alto que continúa siendo un bien limitado. Sí puede, sin embargo, haber aumentado el listón medio del tiempo, trabajo y endeudamiento que se requiere para, como la Reina Roja de Alicia, permanecer en el mismo sitio o, incluso, no desclasarse. Como muestra, la tendencia al consumo de lujo o “consumo vistoso”, la hiperinflación en los precios de la vivienda o en los precios de la educación en países como EEUU donde estos servicios están ampliamente “liberalizados” y la disminución del ahorro y la ampliación del endeudamiento privado son algunos de los efectos que el economista Robert Frank ha relacionado con la competición por el estátus y otros bienes posicionales.
En el nivel del individuo, el estrés es sin duda un factor importante a la hora de comprender una serie de fenómenos de cada vez mayor calado social que van asociados al aumento de las desigualdades (Ver por ejemplo este excelente post en el blog del ICCI). Un metaanálisis que pasaba revista a más de doscientos estudios que medían los efectos del estrés en la producción de la hormona cortisol concluía que el estrés social -entendido como una amenaza a la autoestima o el estatus- tendía a provocar mayores descargas de cortisol en los individuos que otras formas de estrés. Son conocidos los efectos de las hormonas del estrés sobre el metabolismo -al enviar señales de alarma que interrumpen los procesos metabólicos o inmunitarios del organismo- como desde hace tiempo se conocen los efectos generales del estrés sobre la salud mental. Desde hace aproximadamente una década se sabe, además, que el “dolor social”, que se asocia al miedo a la exclusión u ostracismo, recluta en el cerebro una parte importante del mismo circuito neuronal que se activa también durante el dolor físico. En ese sentido, el dolor social es literalmente una forma de dolor físico. En una famosa serie de experimentos de neuropsicología, individuos que habían tomado un analgésico sentían menos dolor social ante episodios de exclusión u ostracismo que otros individuos en un grupo de control-placebo. De manera relevante, los circuitos neurales correspondientes tanto al dolor físico como al dolor social -particularmente, el giro cingular anterior- se activaban menos durante el episodio de exclusión sufrido por el grupo de participantes que habían tomado el analgésico.

Percepción de la desigualdad y preferencias sociales: algunas respuestas y varios rompecabezas
Una serie de estudios publicados recientemente, de la mano del psicólogo Dan Ariely y el economista Michael Norton, vienen a apoyar la idea de que, solicitando de ellos cierta imparcialidad de juicio, los ciudadanos estadounidenses prefieren distribuciones de la riqueza mucho más igualitarias que las actualmente vigentes en ese país. En España, un estudio en algunos aspectos similar, dirigido por el Centro de Investigaciones Sociológicas en noviembre de 2011, mostró igualmente que los ciudadanos españoles preferirían una distribución más igualitaria de la riqueza entre los distintos estratos de la población. Este tipo de estudios sobre las preferencias sociales de los ciudadanos no son insignificantes en los debates acerca del tipo de sociedad al que aspiramos pues nos informan acerca de posicionamientos e inclinaciones sobre ciertas prioridades que de otro modo no son fáciles de obtener de manera indirecta más allá de la mera especulación.
Pese a todo, los resultados arrojados por este tipo de investigaciones arrojan una paradoja no menos chocante: es así en cuanto que estos estudios subrayan la expresión de unas preferencias que no se han visto en lo más mínimo satisfechas por las políticas y decisiones colectivas a las que una gran parte de estos mismos ciudadanos, a menudo, han dado su consentimiento -o incluso- su apoyo explícito. La realidad es que en los últimos 30-40 años, en las sociedades desarrolladas, se ha producido, en medio de un periodo de relativa bonanza económica, uno de los mayores aumentos de las desigualdades de riqueza de los que se tienen conocimiento en los registros históricos de los últimos siglos. Esto ha tenido lugar, además, en un periodo de relativamente baja conflictividad social.
¿Es la filosofía política intuitiva que subyace al velo de opulencia la que ha hecho posible estos desarrollos macroeconómicos? No es posible descartar esa hipótesis por el momento, aunque, a decir verdad, explicaciones más simples podrían también ser parte de la respuesta. En el mencionado estudio de Ariely y Norton, los ciudadanos estadounidenses encuestados, cuando se les pregunta acerca de cuáles son los niveles actuales de desigualdad económica en EEUU, tienden a dar respuestas sorprendentes que, aun de manera agregada, quedan muy lejos de los valores reales de desigualdad económica vigentes en aquel país. Una forma de ignorancia generalizada y altamente significativa yace en este patrón de respuestas al subestimar muy a la baja el grado de desigualdad: en lo que era una muestra representativa de la población norteamericana, los encuestados estimaron en promedio que el 20% de los ciudadanos más ricos poseían un 59% de los recursos económicos de EEUU, la realidad es que el 20% de los ciudadanos más ricos poseen el 85% -y según otras estimaciones, incluso el 93% – de la riqueza de aquel país). Una pregunta interesante para los propósitos de este blog es si en esta forma de ignorancia colectiva puede darse en algunos caso un componente motivacional o estratégico (según las líneas de las recientes teorías del autoengaño, por las que los individuos, en situaciones de ambigüedad, tienden a adoptar creencias que les proporcionan ventajas competitivas).
En todo caso, queda trabajo de investigación para mejor apuntalar los detalles de la filosofía política intuitiva del velo de opulencia. En particular, sería interesante poder determinar si existen factores ambientales que, acordes con esta teoría, conduzcan a una mayor apreciación o depreciación de los riesgos inherentes en el apoyo o consentimiento hacia determinadas políticas que producen desigualdades. Igualmente, cabe inquirir sobre qué factores ambientales influyen en aumentar o disminuir la tolerancia hacia la desigualdad. Por el momento, no conozco apenas trabajos que aborden directamente estas preguntas de forma directa y convincente. El lector de este post tal vez tenga alguna sugerencia o referencia que aportar sobre esta línea de investigación.

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*Nota 1: Aunque sea imposible en la práctica adoptar una actitud como la imaginada tras el velo de ignorancia, es posible hasta cierto punto utilizar este concepto como ideal u objeto teórico con el que contrastar otras reglas de justicia concebibles o realmente existentes.

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3 comentarios

  1. Salut Hugo, J’ai essayé de comprendre ton article mais la traduction de l’espagnol par google est assez calamiteuses. Toutefois je peux faire le reproche que l’évaluation des inégalités ne peut pas être basée sur un facteur objectif simple. Car si je compare si pour une même taux de capitalisation de la richesse par exemple des 20% les plus riches, les différentes répartitions internes de ce groupe qu’elle est la situation la plus égalitaire ? plus de super riche augmente l’écart entre tous les citoyens, mais baisse l’écart entre les riches et les pauvres.
    Et surtout la comparaison d’époques différentes est difficile, car cela ne prend pas en compte différents aspects de la richesse telle que la capitalisation boursière qui est beaucoup plus volatile que la capitalisation immobilière. Mais aussi le problème de la liquidité de cette richesse: les super-riches le sont car ils sont actionnaire majoritaire, leur fortune est souvent théorique, s’ils voulaient réaliser tous ensemble leur actions ils ne le pourraient pas, pas plus d’ailleurs qui si tous les pauvres voulaient vendre ensemble leur maison.
    Et surtout que peut-on se payer de différent avec cette richesse: un pauvre a une petite voiture, un riche une grosse voiture, un super-riche un voiture de luxe, pas toujours ni plus grosse ni plus rapide que celle du riche, mais beaucoup plus chère. Il en a donc le même usage. Idem pour la maison dans un quartier plus cher, mais est-ce que ça rend la maison plus confortable ?
    Je pense que la question de l’inégalité matérielle est donc totalement subjective et donc trouver une philosophie naturelle (est-ce déjà ça, ça peut exister ?) sur le sujet me semble bien ardu.
    Si la nature donne des leçons de philosophie c’est “la loi du plus fort est toujours la meilleure” (jean de Lafontaine), je ne pense pas que c’est cette leçon là que tu voudrais retenir ?

  2. D’accord sur le fait que la perception de l’inégalité est une question subjective. En fait, les enquêtes sur les “préfférences déclarées” par les gens (comme celle déja cité d’Ariely & Norton ou celle d’Ariel & Cowell) visent précisément à obtenir une estimation plus objective des préfférences des gens sur différents distributions possibles. Eh oui, il y a différentes manières de mesure les inégalités économiques et la manière dont on mésure ce concept peut avoir un effet par la suite sur ce qu’on veut démontrer. Tu as raison de dire que la chose peut se compliquer beaucoup. Cela n’empêche néanmoins qu’on puisse trouver des regularités remarquables comme quelques-unes dont j’ai fait la révue. En tout cas il existe depuis des décennies une littérature scientifique grandissante sur l’effet du status et des inégalités sur la santé, ainsi que sur l’effet des inegalités sur le comportement de consommation et d’investissement. Dans ce sens, et seulement dans ce sens, je voulais dire qu’il est possible de “naturaliser” une série de motifs recurrents dans les débats d’idées sur ces questions.

  3. A los indignados del mundo…
    Cuando se torna insoslayable, que la civilización humana, debe optar entre la racionalidad económica o resignarse a una extinción apocalíptica; como una señal de esperanza, para los miles de millones de indignados en el mundo; se elucida, un nuevo Pensamiento Económico, que decodifica programáticamente un Modo Económico-Humano-Racional; con suficiencia sistémica para contener siglos de egocentrismo económico y equiparar el crecimiento económico con el desarrollo humano, en el designio superior de redimir la dignidad humana.
    Correspondiendo, por conciencia de vida, a todos los indignados por la imperante barbarie económica; empezar a desarraigarse de las clásicas directrices económicas, actualmente en crisis sistémica terminal; y atreverse a expandir los estadios del conocimiento adquirido, para facilitar el entendimiento de los primeros, dos enunciados a la humanidad; que dejan entrever sumariamente, la factibilidad cierta de nuevos fundamentos socioeconómicos.
    En pertinencia, si surgen críticas, inexcusablemente deben ser con conocimiento pleno de causa; las críticas constructivas, deberían enmarcarse en una dinámica perfectible de la teoría; como las críticas destructivas, deberían tener un sustento de antítesis, que exponga alternativas superiores y viables; no vertidas por obnubilad egotista, de oponerse simplemente por oponerse…
    J-Karim
    http://www.racionalidadeconomica.org

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