Los regalos y la utilidad económica

Si este año casi no has hecho regalos o no te ha gustado lo que has recibido por Reyes, es posible que ahora simpatices con lo siguiente: según un número importante de economistas, estas fechas navideñas representan una orgía de destrucción de la utilidad económica. Millones de personas ofrecen regalos a otras sin que estos satisfagan realmente sus deseos y a un precio, en general, muy superior del que el que lo recibe habría estado dispuesto a pagar por el mismo artículo. En consecuencia, se está destruyendo valor. Y en cantidades astronómicas. En esta entrada, comento esta teoría en sus aspectos éticos y psicológicos para subrayar lo que tiene de verdad pero también sus limitaciones y lo que hay en ello de oportunidad para el desarrollo de nuevas maneras de concebir las relaciones humanas en torno a la ofrenda.

¡¡Bah... paparruchas!!

¡¡Bah… paparruchas!!

Destruyendo utilidad a mansalva
Si algo no es noticia en estos días es que cada año al llegar la navidad es costumbre el dar y recibir regalos, dejándonos en ello una parte de nuestro presupuesto. Cuando miramos el asunto de manera agregada nos adentramos, sin embargo, en un terreno que para muchos resulta menos familiar. Si como varias encuestas señalan, los españoles se gastan en promedio entre 150 y 250 euros en regalos cada navidad, a bote pronto, eso supone un gasto agregado de un número seguido de 9 cifras y que puede ser cercano a los 10.000 millones de euros.
Según una tesis defendida por numerosos economistas, el dar regalos tiende a producir resultados ineficientes. La idea es en realidad muy simple y te resultará tan familiar como aquel jersey que todos hemos recibido alguna vez como regalo y que nunca pensamos en ponernos. El argumento que subraya la ineficiencia en general de gastar el dinero en regalos aduce que, la mayor parte del tiempo, la satisfacción que retira del objeto regalado aquel que lo recibe suele ser inferior a la satisfacción que retiraría de otro objeto elegido por sí mismo y comprado por el mismo precio. Simplemente, por el precio de ese regalo, se habría comprado algo más ajustado a sus deseos. La diferencia en la valoración del objeto recibido y el objeto que se prefiere es una forma de destrucción de valor. Otra forma más directa de estimar a cuánto asciende la destrucción de valor es medir por cuánto se estaría dispuesto a vender el objeto recibido en regalo poco después de obtenerlo y medir la diferencia respecto al precio que se pagó inicialmente. No disponemos de datos en España pero en Estados Unidos el economista Joel Waldfogel ha calculado que los regalos destruyen en promedio un 20% del valor que corresponde a su precio inicial. (Aplicado al caso español hablaríamos de unos 2.000 millones de euros de valor destruido) Por su parecido, cabe traer a colación aquí la conocida práctica del Potlach descrita por antropólogos como Franz Boas o Marcel Mauss en pueblos indígenas del noroeste de la costa pacífica americana. En esta ceremonia se ofrecían grandes dádivas que, en algunos casos, eran destruidas en el propio acto de ofrecimiento.

La respuesta economicista
Frente a esto, algunos economistas han propuesto que dejemos de destruir valor del modo descrito. Como describe el filósofo Michael Sandel en su último libro “What Money Can´t Buy”, la idea parece haber calado: en la última década las “tarjetas bono de regalo” han aumentado su popularidad como regalo en varios órdenes de magnitud percentual. La idea detrás es precisamente que el que recibe una de estas tarjetas puede intercambiarla por los productos que compraría con ese dinero… al menos dentro de la cadena o establecimiento que acepta el bono en cuestión. De hecho, la “ineficiencia económica” de las tarjetas de regalo ha sido abordada por un mercado de servicios en el que empresas de internet (como “giftcardgranny“) te proponen el revender la tarjeta que has recibido o intercambiarla por otra de otro establecimiento. (Aun así, el valor inicial de la tarjeta suele descender entre un 10 y un 30%). Finalmente, aún más economicista sería el entregar dinero directamente: algo, sin embargo, que raramente hacemos. ¿Por qué?


La respuesta utilitarista ética

Antes de abordar esta última cuestión merece la pena mencionar otra propuesta alternativa al patrón de comportamiento consumista colectivo mayoritario actual. El filósofo utilitarista Peter Singer es famoso por haber propuesto avanzar hacia una ética del consumo en el que los consumidores son conscientes de los efectos agregados de sus decisiones pero también del “coste de oportunidad” de ciertas elecciones de consumo desde el punto de vista del bienestar del mayor número. Es célebre el ejemplo por el que Singer nos propone imaginarnos un transeunte que al oir los gritos de socorro de un niño que se ahoga sólo en un río, decide no saltar a ayudarle porque ese día lleva puesto unos zapatos nuevos que se arruinarían al mojarse y aduce su necesidad de tener zapatos nuevos. A continuación, nos propone que nos imaginemos a un adulto que ante la disyuntiva de comprar unos zapatos nuevos o invertir ese dinero en tratamientos que salvarían la vida de niños en países pobres, justifica su comportamiento en base a su necesidad de tener zapatos nuevos. Singer defiende que desde un punto de vista de las consecuencias éticas de las acciones ambas decisiones son similares. De todo esto, se sigue un llamamiento hacia una ética de las decisiones de consumo que también tiene implicaciones de cara al comportamiento de ofrecer regalos. Algo que desde hace algunos años ha sido ya visto por algunas asociaciones de interés público sin ánimo de lucro u ONGs que, como Oxfam, ofrecen la posibilidad de ofrecer como regalo a alguien una donación en su nombre. De este modo, la persona a la que deseas regalar algo recibirá una prueba de que el dinero ha sido empleado en, por ejemplo, un proyecto de ayuda al desarrollo, lucha contra la desnutrición, lucha contra la malaria u otro proyecto del que participe la ONG en cuestión.

De la “magia” de los regalos y de su cultivo personal.
¿Por qué es raro pues que entreguemos dinero cuando una norma social sugiere ofrecer un regalo? ¿No es el dar dinero una forma de regalo? La dificultad de eliminar los regalos por otras propuestas economicistas o utilitaristas éticas radica, podría decirse, en que los regalos tienen algo de “magia”. Concretamente, tienen un poder que ha sido durante un tiempo relativamente inexplicable en al menos dos aspectos probablemente interrelacionados.
– Por un lado, su misma insubstituibilidad por otros ofrecimientos económicos. Como le gusta señalar al psicólogo y economista Dan Ariely, nada hay socialmente más inadecuado cuando la familia de tu pareja te invita a comer por primera vez, que el darle a tu suegra el dinero en efectivo que te gastarías en una botella de vino o un postre en vez de traer el vino o el postre. La no-substituibilidad de los regalos por su equivalente monetario en gran número de contextos es efectivamente del orden del tabú.
– Por otro lado, los regalos tienen un poder de amplio calado en las relaciones humanas y que desde una perspectiva atemporal y cortoplacista puede parecer irracional y, de hecho, en algunas ocasiones conduce a la irracionalidad. Así, los vendedores bien instruidos saben que el ofrecer pronto un regalo a sus potenciales clientes suele repercutir en un aumento de las ventas (comportamiento descrito por primera vez en un contexto académico por el psicólogo Roberto Cialdini en su libro titulado “Influencia”).
Pese a lo potencialmente irracional de dichos comportamientos, los seres humanos valoramos este tipo de relaciones establecidas en torno al regalo, nos sentimos relativamente a gusto en estas relaciones y en ocasiones aspiramos a cultivarlas atribuyéndole un valor intrínseco. De hecho, pese a que aún hoy suele figurar así en algunos manuales de historia y economía, sabemos hoy que la economía monetaria no procede primitivamente del trueque, sino precisamente de sistemas de intercambio sustentados sobre la ofrenda (que se basan, en parte, en el principio “de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad”).
A mi juicio, de este ánimo por cultivar las relaciones se deriva la insubstituibilidad de los regalos por sus equivalentes monetarios. Una insubstituibilidad que aunque puede deshacerse en algunos casos es, no obstante, un fenómeno antropológico recurrente en los grupos humanos culturalmente más alejados entre sí y probablemente hunde sus raíces en la psicología de la reciprocidad y el mutualismo.
La “norma de reciprocidad” tiene una doble vertiente, no exenta de riesgos. Recuerda el famoso diálogo que da inicio a la trilogía cinematográfica de El padrino (tomo este ejemplo del psicólogo Jon Haidt): Cuando en la escena inicial de la película Don Corleone se muestra indignado al ver que le ofrecen dinero por realizar “una tarea”, Marlon Brando está encarnando de modo artístico pero hiperrealista una reacción ante el tabú de ofrecer dinero en efectivo -un atisbo de la llamada “sombra del futuro” en el modelo de la reciprocidad. En el desenlace de la escena, cuando Bonasera ha reconocido la autoridad del Padrino, pidiéndole disculpas por haber ofrecido el dinero, besando la mano a Don Corleone y llamándole “mi amigo”, el Padrino replica entonces: “De acuerdo. Pero algún día, y puede que ese día nunca llegue, te llamaré para que me hagas un favor. Hasta entonces, acepta … como un regalo…”. A Bonasera en realidad le acaba de caer una buena encima, lo que se aprecia en la expresión de los sentimientos conflictivos del personaje: ¡es dolorosamente consciente de las implicaciones de la reciprocidad!”

La sombra del futuro en una economía de la confianza "...y puede que ese día nunca llegue".

La sombra del futuro en una economía de la confianza “…y puede que ese día nunca llegue”.

Es obvio que la economía de la ofrenda no es ni mucho menos “mejor” o algo así como “superior en general” a la economía monetaria. De hecho, algunas estadísticas señalan que aquellos países en los que las prácticas de dar regalos son más comunes suelen tener más corrupción y más nepotismo. Como vimos, en otra entrada en este blog, también para algunas empresas puede ser enormemente lucrativo el realizar regalos -que son además legales- a los representantes políticos.

Y pese a todo, nos gusta dar y recibir regalos. Por eso concluiré esta entrada señalando lo que en los últimos tiempos es una pequeña insatisfacción relativa y que creo es también una oportunidad. Desde hace un tiempo hasta aquí he venido siendo el receptor y emisor de regalos como los descritos más arriba en los que una ONG comprometida con un proyecto dedica un dinero en tu nombre ofrecido por la persona que quiere dar el regalo. Aunque estas iniciativas parten de un razonamiento utilitarista ético como el mencionado más arriba, está claro que se apoyan en el lazo no-utilitarista y no puramente maximizador que es la amistad entre dos personas. Los gerentes encargados de recaudar fondos para las ONGs deben saberlo pero no parecen tomárselo del todo en serio. Esto es porque las relaciones humanas en el mundo real no son utilitaristas en el sentido fuerte benthamita (por el que las acciones se dirigen a maximizar el bienestar del mayor número) y la racionalidad utilitarista puede y suele entrar en conflicto con la racionalidad de las relaciones humanas. (Para decirlo de manera caricatural: si tengo un dinero y decido invertirlo en el bienestar del mayor número, posiblemente no pueda invitarte a esa cerveza en la que habíamos quedado). Sin embargo, muchas de estas ONGs plantean la financiación de un modo puramente economicista (algo que también ha sido criticado aquí). A partir de ahí descuidan el que ayudar a cultivar las relaciones -una acción antiutilitarista y favoritista- a través de la “magia” de los regalos puede ser, de hecho, una manera de alcanzar el objetivo de financiación que persiguen las ONGs en sus objetivos utilitaristas éticos. Sin embargo, el “embalaje” de estos productos filantrópicos sabe demasiado a maximización de la utilidad económica (aunque sea desde una perspectiva utilitarista ética). De ahí que se eche en falta que los que han ideado estos productos de financiación para las ONGs no inviertan más en personalizar y ayudar a cultivar la relación para los que ofrecen regalos a través de estas donaciones. Después de todo, se trata de un mercado que tira de un pozo casi inagotable, donde lo que cuenta, no es tanto el objeto en sí, sino la calidad de la señal que se envía. Una señal que culturalmente está imbuida, de entre otros aspectos, de lo mucho que has pensado en la otra persona, el trabajo que te ha costado encontrar el regalo, lo adecuado del regalo a la evolución de sus preferencias o el modo en que el regalo renfuerza el lazo entre esa persona y tú.

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