Distancia cognitiva con el dinero y desvanecimiento ético

Llevo tiempo pensando en publicar aquí una reseña del último libro de Dan Ariely, The Honest Truth about Dishonesty:How We Lie to Everyone—Especially Ourselves que recomiendo desde ya para el que esté interesado por los temas tratados en este blog. No ha habido tiempo para ello y por eso voy a limitarme a una entrada fácil: un poco de publicidad del nuevo curso de Ariely, un vídeo y una reflexión abierta invitando a quien quiera dejar su punto de vista aquí en los comentarios.

– Dan Ariely acaba de inaugurar un curso en línea gratuito “Una guía del comportamiento irracional para principiantes” que durará 6 semanas y que incluso expide certificados para aquellos que hayan realizado los ejercicios y tareas correspondientes con una mayoría de aciertos. Aún es más, promete ser divertido… y viniendo de Dan Ariely se trata de una promesa muy creíble.

– Uno de los primeros materiales de curso incluye este breve vídeo en el que se expone uno de los resultados obtenidos por el equipo de Ariely en sus experimentos: que cuando la tentación de hacer trampa o robar tiene por objeto algo que en nuestras mentes está normalmente alejado del dinero, entonces podemos sucumbir más fácilmente que cuando el objeto de la tentación en cuestión es dinero contante y sonante. Si aún no has entendido a qué me refiero, ve el vídeo que apenas dura dos minutos.

-Desde luego se podrían comentar muchas cosas sobre este efecto cognitivo. Sólo voy a abordar rápidamente una y de carácter bastante filosófico. Asumiendo que dicho efecto sea de calado también más allá de las situaciones ultrasimplificadas del laboratorio, podría tratarse de un argumento a favor de lo que podría llamarse la “monetarización” de la vida cotidiana. Como el vídeo insinúa, el robar pequeñas cantidades de material de oficina puede parecer poca cosa -pero de manera agregada es como si todos los que lo hacen robaran unos dólares con lo que eso supone de coste total (estoy seguro que alguien ahí afuera ha calculado ya esta cifra y seguro que no es bonita, es de esas con un número seguido de 8 o 9 cifras). Aún así puede parecer nimio -y tal vez lo sea, de hecho sólo se trata de un ejemplo que nos es más o menos familiar. Sin embargo, pensemos en otras decisiones cuyas consecuencias agregadas pueden ser mucho más importantes como el favorecer o no a un conocido o a alguien que nos cae simpático de cara a la obtención de una plaza o un contrato para el que hay otros candidatos. Pensar en estas decisiones en términos monetarios y en sus consecuencias agregadas puede ayudar a subrayar un problema que de otros modos tal vez no aparecería en toda su crudeza.
Esta reflexión me viene, en parte, por la lectura reciente del trabajo del historiador económico Avner Offer, en particular su famoso artículo sobre la economía de la consideración (economy of regard). La economía de la consideración es la economía de las relaciones humanas basadas en el intercambio de favores, la consideración y el respeto y se opone en gran parte a la economía monetaria cuyo modelo idealizado se basa en las relaciones impersonales de intercambio que podría tener, por ejemplo, un individuo con una máquina expendedora. Aunque a menudo (yo mismo incluido) lamentamos la substitución de las relaciones de consideración mutua entre personas por relaciones monetarias, está claro que en muchos apartados esta substitución también supone un progreso en el que la mayoría se encuentra más a gusto. A veces sólo queremos comprar un poco de fruta en el supermercado, pagar e irnos y no necesariamente entablar una relación de trueque hiperpersonal con la persona que dispone de la fruta. El propio Offer en su artículo habla de esto al señalar como lo que habitualmente llamamos el “estado de bienestar” de las sociedades postindustriales supone una transformación de la economía de la consideración (basada sobre todo en los cuidados femeninos) hacia la economía monetaria (en este caso una economía en la que el estado se otorga la provisión de servicios). Más provocador, sin duda, sería afirmar que dicha substitución “siempre” supone un progreso. El caso de la distancia cognitiva con el dinero como ocasión para el desvanecimiento ético -el no ver que la realización de un acto tiene consecuencias que van más allá de lo que parece- podría interpelarnos en este sentido. El tema es muy filosófico -entendido aquí como general y teórico – y no es posible abarcar, ni de lejos aquí, una mínima parte de sus ramificaciones. Aunque viniendo de un país como España en el que hablar de dinero en público -incluso durante transacciones económicas de mercado- puede ser un auténtico tabú social, uno se pregunta si tal vez no nos iría mejor con una visión más burguesa de lo económico, como en los países del norte de Europa. Mientras tanto puede que ahí sigamos, junto a Botswana, si pronto no nos adelanta, en los rankings de corrupción institucional.

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