Desenmarañando la ética de los incentivos

Un incentivo es un estímulo que se ofrece a una persona o grupo con el objetivo de moverle a realizar una determinada acción o para obtener cierto objetivo. En la medida en que los incentivos son una forma de intercambio voluntario entre la fuente o autoridad que proporciona el incentivo y el ciudadano libre de optar a él, no son sino sólo una forma más que toma el intercambio libre entre individuos y, como tal, son ajenos a reflexiones de corte ética. ¿O no? En su último libro, Ruth Grant trata de deshacer uno de los grandes prejuicios de nuestro tiempo: proporcionando un análisis histórico, múltiples estudios de caso y, en último término, un llamamiento a un análisis más fino de las consecuencias del uso de incentivos, Grant aspira a cambiar el fondo del discurso público en torno al uso y alcance de los incentivos.

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Una forma de poder entre la coerción y la persuasión

El enfoque de Grant plantea toda una serie de cuestiones a las que, más que responder, sitúa en un marco conceptual más rico que el anteriormente enunciado, basado exclusivamente en la noción de voluntariedad. Entre los escrúpulos éticos que habría que tener más a menudo hoy ante el uso de incentivos deberían figurar los siguientes: (Strings Attached. Untangling the Ethics of Incentives, 2011, Princeton University Press, p. 73-74):

¿Sirve el incentivo un propósito que es legítimo?; ¿Deja lugar a una respuesta voluntaria?; ¿Afecta éste al carácter de una manera positiva o de algún otro modo?; ¿Cuáles, de entre todos los intereses en juego, son más importantes?; ¿Supone el incentivo una forma de seducción o bien una forma de explotación?; ¿Qué es más importante en el caso en cuestión: la finalidad, la voluntariedad o la formación del carácter?; ¿Funciona bien el incentivo de cara a su finalidad?; ¿Oculta el incentivo las responsabilidades de cada uno?; ¿Cuál será su impacto a largo plazo sobre la cultura institucional?; ¿Es justo?; ¿Supone el incentivo un uso legítimo del poder o bien un caso de “influencia indebida?;

Al formular este marco desde el que examinar los incentivos, Grant se sitúa en una tradición prácticamente desaparecida y que revindica conscientemente. De hecho, una de las partes más constructivas del libro es el capítulo que Grant dedica a trazar la historia del auge del término incentivo en la lengua a raíz de desarrollos que tuvieron lugar, en primer término, en los debates públicos y la universidad de Estados-Unidos. Como recogen los diccionarios de las principales lenguas occidentales (también el de la Real Academia), el término “incentivo” era originalmente un adjetivo que designaba a aquello “Que mueve o excita a desear o hacer algo” (RAE, 22ª edición) como en “Lord Shaftesbury… made an incentive speech in the House of Lords” (ejemplo de Grant tomado del Oxford English Dictionary). Como tantos otros adjetivos, se darán históricamente usos substantivados del mismo pero esto sucederá muy especialmente a partir de principios del siglo XX, en tres contextos señalados por Grant: el desarrollo de la disciplina del management científico de la industria, la psicología conductista naciente en las universidades norteamericanas y el debate público en torno a la idoneidad de las economías socialistas. En este contexto, Grant subraya cómo el uso de incentivos, lejos de ser considerado una práctica neutral, era el objeto de un intenso debate marcado por una gran suspicacia en torno a las relaciones de poder que se instituían. El término de incentivo se populariza, por primera vez, en una época en la que su carácter de “ingeniería social” y su potencial para la manipulación, lejos de ser opacos para la opinión pública, fueron, incluso, tema de devoción artística y cultural (como en “Los Tiempos Modernos” de Charles Chaplin) u objeto de diversas comisiones parlamentarias (en torno al taylorismo). El enfoque de Grant es abiertamente “reaccionario” por cuanto consiste en crear una forma de extrañamiento en el lector al contrastar las actitudes mayoritarias respecto a los incentivos entonces y ahora. Grant aboga, así, por una forma de suspicacia en torno al uso de incentivos, algo más sofisticada pero acaso no tan distinta a la surgida en los orígenes de la generalización de esta forma de control social.

Más allá de la actitud mandevilliana y la actitud puritana

El trabajo de Grant, aunque elíptico a la hora de dar soluciones positivas concretas, es más rico de lo que esta breve reseña puede capturar y es especialmente meritorio al soslayar la tentación de caer en los enfoques de “a todo o nada”. Estos enfoques cuyos principales exponentes la propia Grant denuncia, bajo las etiquetas de la “actitud mandevilliana” y la “actitud puritana”, presuponen de antemano aquello mismo que el análisis propuesto por Grant trata de examinar. En concreto, el enfoque puritano se concentra exclusivamente en la fuente o motivación de la que emana el comportamiento público en cuestión. Desde esta perspectiva, se rechazan de antemano comportamientos públicos aun con consecuencias positivas y deseables, si los mismos parten de un carácter egoísta, calculador, competitivo, etc. La actitud puritana respecto al uso de incentivos consiste en rechazar cualquier forma de los mismos, desde el momento en que estos apelan al egoísmo del individuo. Desde esta perspectiva, se presupone (más que se demuestra) que el favorecer estas partes del carácter individual frente a otras implica renunciar a mayores potencialidades humanas, supuestamente más deseables (Grant, 2011, p.4). La actitud mandevilliana -en honor de Bernard de Mandeville (1670-1773) médico y filósofo holandés quien en su poema La fábula de las abejas defendió célebremente la idea de que el cultivo del egoísmo está en la base de los bienes sociales- desprecia la información relativa a las fuentes de la motivación y el carácter desde el que emana el comportamiento y se concentra en el cálculo de las consecuencias agregadas del uso de incentivos, sin cuestionar los mismos.

Uno de los puntos más convincentes en el trabajo de Grant es el que reniega de dichos enfoques planteados en términos de exclusión el uno del otro, aceptación ciega o rechazo total. El pragmatismo de Grant la lleva así a realizar una crítica bien informada -en consonancia con otros trabajos como los de los economistas Bruno Frey y Samuel Bowles- en torno al desplazamiento de las motivaciones morales por otros incentivos económicos y cómo esto afecta al carácter y, en último término, a las consideraciones éticas y de coste y beneficio que deberían rodear la apreciación del uso de incentivos. Reivindica, de este modo y en línea con las aportaciones recientes de otros filósofos como Michael Sandel, la consideración de los efectos a más largo plazo del uso de incentivos “de mercado” para el carácter individual y el ambiente institucional. Una de las partes más interesantes del libro es así cuando Grant pasa revista a las evidencias empíricas acerca del fenómeno denominado “moral crowd-out” o “desplazamiento” de las virtudes cívicas por otros motivos incentivados. Grant describe cómo:

La investigación en economía ha mostrado que, en una amplia variedad de situaciones, los incentivos pueden redundar en el efecto inverso del que pretenden. Mujeres británicas a las que se les ofrece dinero en efectivo para donar sangre, están casi un 50 por ciento menos dispuestas a dar sangre que otras mujeres a las que se les solicitó hacerlo por nada a cambio. Ciudadanos suizos encuestados están significativamente menos dispuestos a aceptar una instalación de residuos nucleares en su área si se les ofrece una compensación monetaria como aliciente. Participantes de un experimento en India a los que se les ofreció un gran plus para completar tareas sencillas, las ejecutaron menos bien que aquellos participantes a los que se les ofrecieron primas más pequeñas. Consumidores estadounidenses, a los que se les empuja a comprar una determinada marca de pan, se mostraron menos dispuestos a comprar esa marca cuando se les ofrecía un incentivo adicional en metálico.

 Existe una amplia literatura en psicología que muestra resultados similares en cuanto a los efectos de los incentivos en el aprendizaje. Si algunos niños están interesados en alguna tarea concreta, por ejemplo, hacer rompecabezas y les dices que se les recompensará por completar varios rompecabezas, entonces ejecutan menos bien sus habilidades y pierden el interés antes que otros niños que no esperan que se les recompense. Los incentivos, o las motivaciones extrínsecas, disminuyen las motivaciones intrínsecas.(Grant (2011), p. 114. Mi traducción)

Puede objetarse que el planteamiento del libro de Grant es algo desequilibrado al beneficiar exclusivamente el tratamiento crítico y destructivo de ciertos supuestos contemporáneos, sin dedicar prácticamente nada de espacio a enfoques constructivos ya existentes y que desde el espectro que va del libertarianismo paternalista (p.ej: aquí) hasta enfoques más socialdemócratas (p.ej: aquí o aquí) han formulado propuestas viables y, en algunos casos, de demostrada utilidad para la estructuración de las opciones o el ambiente frente a la irracionalidad colectiva o la quiebra de la voluntad individual. Pese a ello, la de Grant supone una contribución necesaria, en un momento en el que este tipo de planteamientos críticos casi no alcanzan a obtener visibilidad, en medio de una ola cultural en la que las promesas de eficacia y neutralidad de ciertas formas de ingeniería institucional barren otras consideraciones éticas.

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