En clave relativista: correlaciones de la moralización con el apoyo social.

La European Values Survey es una encuesta sobre comportamientos, actitudes y valores, que lleva realizándose a lo largo de tres décadas. Los resultados de estas encuestas han sido utilizados para estudiar modelos de cambio social en temas como la familia, el trabajo, las redes sociales o, también, la moralidad. A esto contribuye que la última ola de la encuesta cubra más de cuarenta países y no menos de 70.000 encuestados. Así se provee a quien quiera utilizarlos con datos a nivel individual de carácter sociológico que permiten corroborar hipótesis comparativas e históricas.
Michael Bang Petersen acaba de publicar un interesante trabajo sobre moralidad a partir de datos de la hornada de 1998 de la European Values Survey (EVS) basados en encuestas a más de 30.000 individuos en 32 países. Los resultados son prometedores por cuanto demuestran correlaciones entre el grado de apoyo social que recibe un individuo y la intensidad con la que el individuo moraliza (es decir, cuán fuerte condena públicamente actitudes diversas como el arrojar papeles al suelo, las relaciones extramatrimoniales, el consumo de drogas, el defraudar en los impuestos, etc.)

El estudio de Petersen arroja que las personas con mayor apoyo social en forma de amigos moralizan menos, en promedio, que las personas con un menor apoyo social o con menos amigos. Petersen interpreta estos datos en función de una serie de hipótesis de psicología evolucionista por las que el moralizar supone una estrategia conducente a reclutar aliados de cara a obtener apoyos necesarios en la vida social.
De manera interesante (aunque no sorprendente), pertenecer activamente a una congregación religiosa o vivir más cerca de sus familiares también está correlacionado positivamente con el moralizar con más intensidad.
Por último y aunque no sea tampoco algo nuevo, el estudio corrobora la separación entre dominios de la moralidad separados (algo ampliamente estudiado por psicólogos sociales como Jon Haidt) al mostrar una clara separación estadística en las respuestas que los individuos daban a temas relativos a las conductas sexuales por un lado y, por otro, temas relativos a las conductas de cooperación en la comunidad.
Puede criticarse que en el resultado principal del artículo -la asociación entre intensidad de la indignación y densidad de la red social del individuo- no queda claro, leyendo el estudio si las correlaciones, que son estadísticamente significativas, tienen una importancia mayor -o solamente menor- en el mundo real. Puesto que el trabajo está basado en una muestra de más de 30.000 participantes, cabría analizar el impacto de la talla del efecto y traducir qué significa tal efecto en la práctica de cara a las diferencias en actitud de condena de las conductas de otros. En todo caso, los datos son a mi juicio muy interesantes por cuanto que apuntan a una serie de relaciones entre la red social y las actitudes de moralización.
En mi opinión, las posibles relaciones causales no tienen por qué ir, sin embargo, en la dirección teorizada de forma sofisticada por Petersen. El que los individuos moralicen con distintos grados de intensidad, puede ser indicativo en ocasiones, efectivamente, de un comportamiento estratégico pero no necesariamente del propuesto por el autor del estudio: Petersen argumenta que el moralizar es una forma de llamar a aliados potenciales para reclutarlos en la competición social y que, por consiguiente, aquellos que tienen menor red social secular tienen más necesidad estratégica de moralizar. Frente a esto, el que aquellos que moralizan más tienden a tener menos amigos y compañeros seculares puede ser, por el contrario, simplemente un efecto del carácter disruptivo de la moralización. Muy brevemente, moralizar implica, por decirlo así, meter la nariz en el comportamiento de otras personas. Lo cual, aunque a veces puede servir para forjar alianzas -y así lo demuestran los propios datos de Petersen al señalar que las personas activas en congregaciones religiosas moralizan más- también suele ser fuente de conflictos, especialmente en su vertiente condenatoria, por lo que conlleva de amenaza contra el estatus de aquel que es condenado. En ese sentido, es conocido que grupos o individuos que se encuentran en minoría y que no tienen interés estratégico en buscar la confrontación tienden a moralizar menos los comportamientos de otros, incluso cuando claramente pueden juzgar dicho comportamiento como inmoral. Lo cual parece coincidir con lo que vamos conociendo sobre cómo los individuos se vuelven más relativistas (es decir, cuándo moralizan menos). Incluso los datos presentados en el interesante trabajo de Petersen pueden proveer argumentos a favor de esta interpretación alternativa: por ejemplo, cuando demuestra que aquellos individuos que invierten menos en lazos sociales y que también moralizan más que la media, muestran una diferencia más marcada en el efecto que esto tiene sobre su red social (siendo ésta aún más escasa). De manera ulterior, sería interesante también comprobar si la correlación positiva que la moralización tiene respecto a la participación en congregaciones religiosas se demuestra también más allá de las redes sociales religiosas (es decir, en los lazos sociales de dichos individuos con individuos fuera de la congregación religiosa). Mi intuición es que es posible que el resultado sea negativo, algo que concuerda con los estudios de Lawrence Iannaconne y también Robert Putnam sobre religión y redes sociales y que apoyaría más bien la idea de que la moralización, no sólo sirve para señalar la pertenencia al grupo sino que también es potencialmente disruptiva y divisoria en las relaciones sociales.

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