La literatura ¿nos hace mejor personas?

Tal es la pregunta que planteaba en un breve ensayo el filósofo Gregory Currie en las páginas de opinión del New York Times esta semana última. La interrogante parte del siguiente planteamiento:

Se da una discordancia desconcertante entre la intensidad de las opiniones sobre este tema y el estado actual de la evidencia empírica. De hecho, sospecho que es aún peor que eso; los que defienden que la literatura educa y cultiva el carácter no sobrestiman el valor de la evidencia existente — es que ni siquiera piensan que la evidencia empírica tenga algo que ver con esta cuestión. Aunque el valor de la literatura no debería ser un asunto dejado a la fe, parece como si, para muchos de nosotros, fuera exactamente eso.

Aunque admite que, en su fuero interno, se adhiere a la idea de que el conocimiento de la gran literatura nos hace mejor personas, Greg Currie identifica, en mi opinión correctamente, esta idea como una de las creencias actuales más extendidas al mismo tiempo que su validez está poco demostrada. (Dicho sea de paso, últimamente se critica mucho a los filósofos por tomar sus intuiciones por las del resto de la gente, por lo que tampoco estaría mal que contrastásemos esta intuición con la opinión real de la población. Cuando menos, sería interesante comprobar si la idea de que la literatura puede hacernos mejor personas constituye una creencia generalizada o, por el contrario, una creencia restringida a una élite minoritaria o un grupo particular.)

En todo caso, en la filosofía no faltan teorías plausibles para apoyar la creencia en el valor civilizador de la literatura. Una de mis favoritas fue desarrollada por el filósofo Richard Rorty en una serie de artículos (haciéndose no poco eco de la teoría de la novela de Milán Kundera) al defender que el género novelesco, al compaginar los puntos de vista dispares de los personajes, favorecer la presentación de perspectivas minoritarias y hacer un amplio uso de de recursos potencialmente subversivos como el humor, la ironía, etc. constituye el formato artístico por excelencia en la educación democrática. Aunque la posición de Rorty es más compleja de lo que aquí se puede resumir y resulta en muchos aspectos sugerente y plausible, lo importante es que, al final, su teoría estética sobre los valores civilizadores del arte, como muchas otras teorías similares que han sido propuestas por otros autores, reposa, de forma ineludible, sobre una serie de hipótesis psicológicas, sobre las que lo menos que se puede decir es que simplemente están muy lejos de estar ampliamente sustentadas por pruebas sólidas.

Añadiendo más leña al fuego, se da la circunstancia de que una serie de teorías hoy ampliamente mayoritarias en economía, sociología y antropología — y que parten de los escritos de Thorstein Veblen a propósito de la así llamada “clase ociosa”— inciden en cómo el desplegar en público la posesión de un amplio conocimiento de ciertos campos culturales (como la gran literatura) puede jugar un papel eminente de señalización: de demostración de que se posee una cualidad intrínseca de valor en las relaciones humanas jerárquicas, un poco como el conducir un Ferrari o vestirse con un traje caro. Según esta visión, el presumir de conocimientos de literatura podría ser una forma de señalizar que se es miembro de un club selecto en el que cualquiera no puede entrar. ¿Sirve el consumo de literatura y otras formas de arte para algo más que eso? A mí me gustaría creer que sí.

Circunscribiendo aún más la relevancia de lo planteado por Currie, la cuestión no es ya qué posición filosófica es nuestra preferida de cara a defender el valor educativo de ciertas formas de arte — Y no han faltado históricamente contrapuntos filosóficos, como el de Rousseau frente a D’Alembert condenando los efectos moralmente indeseables de la práctica teatral o la denuncia de la enseñanza cultural denominada “de Goethe a Auschwitz”. La cuestión es más bien qué criterios de evidencia vamos a estar dispuestos a aceptar en una confrontación rigurosa y racional de puntos de vista enfrentados. En ese sentido, el llamamiento a una justificación “basada en la evidencia” no podría ser más actual e ineludible. Así, por ejemplo, cuando desde distintos ámbitos se ataca hoy muy seriamente el papel de las humanidades en la educación, posiblemente se requiera una respuesta más articulada y sustentada en sus efectos contrastables que muchos de los diversos manifiestos difundidos en defensa de las humanidades —y que a menudo sólo persuaden a los ya convencidos. De manera similar, cuando instituciones como la conferencia episcopal defienden que en España se financien clases de doctrina católica en la escuela pública desde los cuatro años aludiendo a cómo el asegurar estas clases contribuye a “mejorar la educación y transmitir valores cristianos como la austeridad, la honradez o la solidaridad con los más necesitados”, sería exigible, cuando menos, una mínima base empírica y contrastable para apoyar semejante afirmación, a no ser que aquí también esperen que nos contentemos con la fe en sus palabras.

En definitiva, sea bienvenido el llamamiento de Currie a un mayor estándar crítico de cara a la aceptación de creencias como que la literatura y el gran arte nos hacen mejores. Y no sólo porque semejante afirmación habría escandalizado a los censores que en el siglo XIX trataron de prohibir la novela Madame Bovary por temer que ésta incitaría al adulterio, sino porque, de modo general, nuestras teorías acerca de los valores y usos morales del arte deberían poder revisarse, idealmente, según lo que resulte de estudios basados en la evidencia. A fin de cuentas, ¿cómo podría ser de otro modo? Si bien es legítimo y necesario ser a su vez crítico en este contexto de muchos de los estándares actuales de evaluación que se aplican en los estudios basados en la evidencia (factores confundentes, validez ecológica del estudio, rango de aplicación real del resultado, fiabilidad estadística, etc.) lo cierto es que para filosofar a la altura de los tiempos sobre estas cuestiones es necesario arremangarse y asumir la necesidad de adoptar criterios que permitan progresar en nuestro conocimiento y superar la simple confrontación ideológica o de intuiciones irreconciliables.

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2 comentarios

  1. Gracias por esta reflexión tan buena de un tema tan importante. En mi opinión, las novelas no se pueden agrupar bajo un mismo rubro moral. Hay novelas, como por ejemplo Les Misèrables, en donde está muy claro quién es el héroe, qué representa, y cómo encarna la bondad, la superación personal, y otras virtudes deseables. Jean Valjean es algo así como un ejemplo a seguir para los lectores, una fuente de inspiración. Pero en novelas más recientes, suele haber una serie de personajes que no son ni héroes ni villanos. Sobre todo en la novela contemporánea, creo que se evita mucho más que antes moralizar, de manera que no está nada claro con qué se va a quedar el lector, con qué parte de qué personaje se va a identificar, qué va a admirar y qué va a despreciar. Sí, es más democrático, e invita a una reflexión más autónoma, pero eso no garantiza que sea moralmente más efectiva (en el sentido de transformar positivamente al lector). De haber una suerte de educación moral en ambos tipos de novela, es una educación muy diferente: en la primera está basada en algo así como mímesis, y a menudo incluye una reflexión moral explícita con un veredicto; en la segunda, simplemente se ofrece al lector un retrato de una situación complicada, y la/el novelista no hace la reflexión moral por el lector. Creo que Kundera suele habitar un punto medio entre estos dos tipos de novelas.

    Estoy de acuerdo en que hay que investigar empíricamente este tema, pero creo que categorizar de manera mucho más fina a los tipos de novelas, en cuanto a la moralidad, va a ser un primer paso crucial. Creo que hay más categorías que las menciono aquí a modo de esbozo.

    Mi intuición es que muchas veces lectores contemporáneos utilizan el segundo tipo de novelas para justificarse a sí mismos sus propias faltas morales, y que hace falta una voluntad de querer aprender de moralidad de las novelas para que éstas puedan tener un efecto significativo. Habrá que investigar.

  2. Tema apasionante: la novela no es una “clase natural” con fronteras claramente delimitadas y, como bien sugieres, el tratamiento del autor y la manera en la que se desarrolla la trama o se presentan los puntos de vista de los personajes pueden dar pie a subtipos y clasificaciones múltiples y relevantes…
    La intuición de las diferencias individuales en la percepción y asimilación de lo leído parece más que razonable. Algo a favor de que, desde una simple posición teórica alimentada por la psicología empírica se puede llegar ya más lejos de lo que Rorty o Kundera llegan (aunque aquí sólo dé para dejar un esbozo rápido y algo caricatural de lo que aquellos teorizaron). En todo caso, es llamativo que la cuestión de la ética de la éstética no haya sido abordada más en el resurgir reciente de los estudios de psicología moral.
    Sí existe una naciente filosofía experimental de la estética pero ésta me parece que no se ha cruzado mucho con las cuestiones éticas que surgen.
    La cuestión que mencionas de cómo la lectura de hechos ficticios atribuidos a terceros puede afectar el cómputo moral de las propias acciones de manera negativa es interesante (y se me ocurren interacciones posibles interesantes como qué papel juega el realismo de la representación frente a su deformación exagerada, p.ej: en el caso del cine, la representación de la violencia por Hanecke, vs. la representación de la violencia por Tarantino). En psicología moral hay dos fenómenos opuestos conexos que están más o menos vinculados a esto, son lo que se llama la purificación moral (“moral cleansing”) y la licencia moral (“moral licence”).

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