La suerte moral aplicada a la seguridad de los pasajeros

Imagina los siguientes escenarios:

a) Conduces un coche. En esto suena el móvil y respondes a la llamada. A los pocos minutos llegas a tu destino, aparcas y a otra cosa.

b) Conduces un coche. En esto suena el móvil y respondes a la llamada. Enseguida te apercibes de que dos ciclistas cruzan la vía pero ya no da tiempo para esquivarlos, tratas de frenar con toda tu alma pero es tarde.

En el primer caso, ni siquiera has tenido un encuentro con la policía pero aun si lo tuvieras, la multa por conducir mientras se utiliza el teléfono al volante es de unos 200 euros. En el segundo caso, te pueden caer hasta 6 años de cárcel según tu grado de colaboración con la víctima y con la justicia.

Lo notable es que en los dos casos tus acciones pueden haber sido idénticas. Tal vez es razonable pensar que en la valoración moral de un acto no deberían intervenir circunstancias ajenas a la acción, aun menos factores relacionados con la suerte (Al menos así lo pensaba Immanuel Kant).

Pero lo cierto es que como el ejemplo arriba mencionado expone, la suerte no sólo tiene un efecto sobre nuestras valoraciones de ciertas acciones, sino que este efecto puede ser mayúsculo.

El ejemplo es de libro. Ilustra lo que se llama el fenómeno de “la suerte moral”, es decir, la constatación de que factores en todo ajenos a nuestro control pueden suponer diferencias inmensas en la valoración moral de nuestras acciones.

La vida está llena de casos semejantes y también las páginas de los periódicos. Estos días más. Con la repetida aparición en las primeras planas y las cabeceras de los telediarios del maquinista del tren Alvia accidentado, es difícil no pensar no ya sólo en las pobres víctimas y sus familias sino en cuantos otros tramos del trazado nacional de ferrocarriles están sometidos a condiciones de pareja aleatoriedad en las consecuencias. El tema es muy serio, una investigación policial está en curso y esperemos que escrutine tan a fondo al maquinista como que no excluya vias posibles de investigación. En casos como estos creo personalmente que la actitud moralista es menos útil que la actitud ingenieril. De lo que se trata no es sólo de resarcir a los que han sufrido el terrible accidente y a sus familiares, sino de empezar a evitar ya posibles víctimas en el futuro.

La paradoja de la suerte moral no tiene una facil solucion en el terreno de la teoría ética. Cuando menos, parece que nos fuerza a replantearnos con mayor atención las relaciones entre la acción y las circunstancias que rodean su valoración, el posible elogio o la posible condena. ¿Están desligadas del todo la acción moral y la suerte o la una convoca a la otra? Si es así, ¿cuál convoca a cuál en cada caso? ¿O hay que superar estas categorías a la hora de analizar el problema? Pero la actitud periodística y editorial mayoritaria estos días —ignoro si de forma dirigida o por mero sensacionalismo— no está ayudando. De hecho brilla por su falta de consideración de esos factores ajenos al maquinista que podrían tener consecuencias mayúsculas. Entre escasas excepciones notables (aquí, aquí o aquí) las líneas editoriales de casi todo el espectro político parecen privilegiar ante todo la búsqueda de un chivo expiatorio (véase por ejemplo aquí). Somos muchos los que pensamos que no ayuda a comprender mejor las distintas maneras en que podría evitarse otro accidente tan grave: ¡porque ay de nosotros, usuarios del tren, si hay una y sólo una manera y ésta depende en todo del maquinista de turno!

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Un comentario

  1. Un tema super interesante, y evidentemente muy oportuno.

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