A propósito del viral “Yo no ayudo a mi mujer”

Hace sólo unos días, una entrada de blog del psicólogo Alberto Soler Sarrió con el sugerente título de “No, yo no ayudo a mi mujer con los niños o las tareas de la casa” se convirtió en un auténtico viral y ha sido leída ya, tal vez, por más de un millón de personas.

Lee aquí el artículo: “No, yo no ayudo a mi mujer con los niños o las tareas de la casa“.
La entrada plantea las connotaciones fuertes del uso del lenguaje en expresiones como “ayudar a la mujer” al referirse a las labores de crianza o mantenimiento de la casa. El autor expresa muy bien el problema con esta manera de hablar, probablemente aún muy enraizada en una capa importante de la población. Es un punto muy bueno, que merecía mucho que alguien lo expresara tan claramente como Alberto Soler y eso puede explicar gran parte del éxito de la entrada.

El que a muchos el título nos aparezca de manera tan chocante de modo intuitivo y sin reflexionar es ya muy significativo de lo enraizadas que están ciertas maneras de ver el mundo en nuestro cerebro. El estudio de las asociaciones implícitas, respuestas intuitivas de menos de un segundo y que prejuzgan la valoración de ciertas informaciones y de las que todos solemos ser víctimas por vivir en un determinado ambiente social y cultural es algo de lo que hablo en el capítulo VI del librito que publiqué.

No obstante, hay un pasaje en el artículo que no ha podido escapar mi espíritu crítico y es el que afirma a propósito del reparto de tareas:

¿Y qué es “de modo equilibrado”? Ese equilibrio no implica en (casi) ningún caso un reparto 50-50, sino más bien una adaptación flexible entre la disponibilidad de los miembros de la familia y las tareas que se requieren. Pensemos por ejemplo, qué injusto sería un reparto de tareas 50-50 en un caso en el que la mujer llegara a casa a las 20:00 después de 12 horas de trabajo, y su pareja llevara desde mediodía en casa. Un reparto “mitad tú, mitad yo” sería tremendamente injusto. E igual a la inversa.

Esta manera de ver las cosas resulta ser la que una parte de la economía mainstream ha tenido tradicionalmente para tratar de explicar las diferencias en el reparto del trabajo doméstico. A distintos grados de productividad dentro y fuera del hogar, razonan, sería de esperar que si la pareja es una “empresa” cooperativa que aspira a sacar el mayor fruto de su trabajo, aquel que sea más productivo fuera de casa trabaje más fuera de casa y el que sea más productivo en casa trabaje más dentro de casa.

Dicho sea de paso, algunos historiadores económicos tratan de explicar (no justificar) el reparto del trabajo en las sociedades agrarias siguiendo un razonamiento análogo: si las mujeres se quedaban mayoritariamente en casa ocupándose de la crianza y los hombres trabajaban fuera del hogar era por las diferencias en la disponibilidad de ambos que podían, así coordinadas, alcanzar una productividad mayor. Recientemente, el historiador Ian Morris, ha argumentado que esta repartición del trabajo basada en productividades generales distintas es probablemente el origen de los sistemas de valores tan opresivos para la mujer en la mayoría de sociedades agrarias pre-industriales. Lo hace en su último libro, How Human Values Evolve.

El mundo, sin embargo, no funciona así. O, para ser justos, no funciona exactamente así. En las sociedades desarrolladas del primer mundo donde la productividad (medida en euros obtenidos por hora de trabajo) es cada vez mayor en el caso de las mujeres y en muchas parejas es la mujer la que gana más fuera de casa, el reparto de las tareas domésticas y la crianza sigue realizándose, en promedio, de manera desigual.

En su libro de hace unos años, Identity Economics, los economistas Akerlof y Kranton se referían así a la teoría que asume que son las diferencias de productividad las únicas que explican que las mujeres se encarguen más de las tareas domésticas que los hombres:

Esta teoría predeciría un patrón de división del trabajo simétrico: aquel que trabaja más horas dentro de casa, trabajará menos horas dentro de casa. Sin embargo, no es noticia que tal no es el patrón realmente observado en Estados-Unidos, donde las mujeres aun en aquellos casos en los que trabajan más horas fuera de casa y aportan la mayoría de los ingresos del hogar, también suelen trabajan más horas en las tareas de la casa.” (p. 93).

Aunque Alberto Soler ha escrito un texto muy recomendable, en el pasaje anteriormente citado, también él mismo (y es que las asociaciones implícitas son realmente tan difíciles de romper) parece presuponer que el trabajo remunerado fuera del hogar es menos penoso que el trabajo actualmente no remunerado en el hogar, una suposición que requeriría una justificación ulterior (y, sin la cual, deberíamos suponer falsa).

Son muchos feministas y no feministas quienes, por cierto, han llamado la atención sobre el hecho de que nuestro sistema económico se asienta en gran parte sobre tareas no remuneradas de un inmenso valor como son la crianza o las tareas domésticas. (De hecho, aunque cada vez hay más mujeres altamente exitosas, el que el grupo de población de mujeres haya aparecido tradicionalmente entre los más desfavorecidos en términos económicos y de salud en los estudios sociales y demográficos al respecto, mientras que simultaneamente cumplían como grupo estas labores, soporte del orden social y económico, puede casi seguro ser descrito en los términos de tu teoría favorita de lo que es la explotación del trabajo). Algunos feministas y no feministas han defendido el punto de vista de que sería justo y económicamente eficaz monetarizar estos trabajos tan importantes sobre los que se asienta la economía. Aunque este es un tema complicado sobre el que hay consideraciones serias tanto a favor, como en contra (ver, por ejemplo, aquí). Sería maravilloso que, como el artículo de Soler ha servido para reflexionar más sobre los sesgos del lenguaje, cada vez más artículos sirvieran para que pusiéramos, por así decir, “patas arriba” nuestra manera de pensar sobre estos otros temas también. Y es que la sombra de las asociaciones implícitas es alargada.

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2 comentarios

  1. Muy interesante. La cuestión es que monetizar el trabajo familiar, por ejemplo, implica mercadearlo, es decir, ponerlo en común, lo que equivale de hecho a sacarlo de la esfera privada de dominio. De ahí la resistencia. Las madres se niegan a entregar sus hijos de esa forma, a socializar el hoga (quizá los padres sí estaríamos más dispuestos). En cualquier caso, creo que por ahí van los tiros.
    saludos.

    1. Efectivamente, totalmente de acuerdo. Hay consideraciones importantes contrarias a monetizar eso que algunos han llamado la economía de la consideración del otro (“Economy of regard”).

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